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viernes, 19 de noviembre de 2010

Las aventuras de Omenophis




Texto Rescatado
Escrito en 2006 y publicado en 2 de Marzo de 2007

Quinta parte

Al final de aquel angosto túnel nos encontramos con una sala enorme, de forma rectangular. Había una mesa de madera corroída por el tiempo y la humedad del lugar. No había sillas, solo dos señores vestidos de negro y armados. Al acercarnos a ellos, tras cruzar toda aquella antesala, el anciano les habló en un idioma un tanto extraño que me dejó boquiabierto. ¿A qué lugar me habían llevado mis pies? ¿Tan alejado estaba que ya no se hablaba el mismo idioma? En fin, me sorprendió ver como aquellos pedazos de armarios de tíos se apartaron y nos dejaron pasar. Dos puertas al estilo de fortaleza, reforzadas con clavos de cabeza cuadrada de unos diez centímetros de lado formaban dos hileras en cada portón. Nos introducimos dentro de aquel lugar tan escabroso, pues los techos de esta zona eran aun más bajos que los de la zona anterior. Aquí estaba todo menos iluminado y por fin, unos escalones que parecía nos devolvería al nivel del que yo, al menos, procedía. Subimos uno, dos, hasta quince escalones, los primeros de tierra húmeda y recubiertos con una pasta extraña. Los últimos de piedra maciza.

Algo extraño que desprendía destellos al lado de una puerta metálica llamó mi atención. El metal de aquella puerta estaba tan pulido que casi me podía ver reflejado. El joven acercó la mano y se accionó algún tipo de mecanismo, pues la puerta se retiró a una velocidad pasmosa. Un patio gigantesco lleno de gente y un ruido ensordecedor me daban la bienvenida a aquella ciudad que estaba seguro, era guardiana de un secreto muy grande. Seguí los pasos del anciano y del joven extraño y me condujeron hasta un cuarto en una de las esquinas del cubículo en el que se ubicaba el patio exterior. Efectivamente, bordeado de altas murallas de piedra. Estaba dentro de aquella fortaleza. La gente hablaba a gritos, estaba lleno de comerciantes y de pronto un silbido que retumbaba entre aquellas paredes macizas me recordaba al sonido que escuché la noche anterior y que me obligó a taparme la cabeza con el macuto para poder continuar con mi descanso. Unas luces muy extrañas se iluminaban en el suelo en una de las esquinas del patio y le siguió el mismo sonido grave y fuerte que el que le precedió la noche anterior mientras intentaba dormir. Una sombra gigantesca ocupó todo el patio y al llevar mi vista al cielo, vi un artefacto metálico que flotaba en el aire. Unas luces intermitentes de color rojo en la parte inferior del mismo me atrajeron tanto que casi le di más importancia a eso que a que un objeto tan grande y seguramente pesado pudiese estar volando como un pájaro, aun que ni eso, pues planeaba casi estático y descendía con mucha cautela. Al llegar al suelo me quedé anonadado. En su interior viajaban hombres y mujeres. Vestían del mismo modo que yo lo hacía antes de comenzar mi viaje. Me sentí muy identificado con ellos, pero no sabía quienes eran. En una de las partes de aquel objeto que era capaz de evadir las leyes de la gravedad, una inscripción. Distinta a la que hallé en la magnífica puerta del palacete, pero también me era familiar y ¿por qué?

En ese momento el anciano llamó mi atención con un chasquido en los dedos a pocos centímetros de mi nariz. Me asusté, pero volví en mi mismo en breve. Le miré y me invitó a pasar dentro. Algo comentaba sobre la preparación que debían llevar a cabo conmigo. Pero ¿Qué preparación? ¿Dónde diantres estaba que hasta los hombres volaban? Tenía cada vez más interrogantes, pero que demonios, en el fondo me gustaba, pues mi aventura no había hecho más que empezar.

FIN DE LA QUINTA PARTE
Fin del capítulo 1

Autor: Alex Romero

jueves, 18 de noviembre de 2010

Las aventuras de Omenophis




Texto Rescatado
Escrito en 2006 y publicado en 2 de Marzo de 2007

Cuarta Parte

Aquel camino me acogió con buen pie. Me sentía cómodo aun que demasiados interrogantes en mi cabeza como para fijarme si las piedras eran molestas o no, como para fijarme si la cuesta que más adelante me tocaría subir era demasiado empinada o no. ¿Por qué aquél pórtico, o más bien su inscripción me traía tantos recuerdos? Mejor dicho, recordaba aquellos objetos. Nunca antes había estado en aquel pueblo y mucho menos en ese palacete. Tampoco había visto antes a aquella niña y me sorprendía que llorara tanto al verme marchar. Me llevé la mano al mentón, en plan pose pensativa. Y cual fue mi sorpresa que tenía barba, además larga. No me había visto reflejado en esos cristales casi mágicos que había en las casas de la gente rica durante mi estancia allí, pero no recordaba tener ya una barba tan avanzada. ¿Había algo más extraño a tener en cuenta tras mi salida de aquel pueblo? Quizás el que todos los habitantes del mismo se hicieran los locos al yo pasar por aquella plaza.

Demasiadas cosas extrañas habían sucedido en tan poco tiempo. Desde que me marché de mi cabaña al la vera del mar, con aquella vegetación fantástica y con mis pocas pertenencias que me hacían un hombre feliz y completo. Aun llevaba en mi macuto algunas de mis pertenencias más valiosas y en mi interior mi espíritu seguía ilusionado por seguir viajando. Mi primera prueba de resistencia tras abandonar el poblado, aquella empinada subida, el camino era muy caprichoso con los pobres errantes que se zambullían en sus serpenteantes brazos. Tras subir aquella cuesta, una pequeña meseta quedaba justo bajo mis pies desde la cual se divisaba la magnificencia de aquella tierra. Bañada en su totalidad por la luz del sol y con ciertos tintes florales que invitaban a soñar. Pero no podía ser, no había andado casi nada, el pueblo todavía estaba a mis espaldas y desde allí se divisaba las casas en la que había dormido, aquel jardín del cual me había enamorado y en el que no tuve la suerte de perderme al anochecer con aquella maravillosa niña, la plaza con su fuente y sus gentes. Todo aquello estaba demasiado cerca. A tan solo media hora de camino. Tomé aire y me dejé deslizar por aquella pequeña meseta pues la aventura me esperaba, me llamaba a su lado.

Continué caminando y llegué a un cruce de caminos. Difícil decisión pues un cartel clavado con un par de estacas y sujeto con hilo de pita grueso, se había desprendido de su posición original y se hallaba boca abajo. Al girarlo me di cuenta que podía tener diferentes direcciones posibles, pues en todas ellas encajaba a la perfección. No había manera de averiguar cual era el camino correcto. De todos modos ninguno de los dos destinos me llamaba más la atención, ni tampoco serían mi último destino, ¿o sí? ¿Cuántas aventuras podrían estar esperando mi llegada en esos poblados alejados de la mano de los dioses? De momento no tenía conocimiento suficiente como para responder a esta pregunta, pero en seguida me di cuenta que si no me decidía ya pronto caería la noche y no era muy buena idea dormir en un cruce. Había el doble de posibilidades de encontrarme con algún alma despiadada con ganas de desplumarme. Y aun que no tuviese nada de valor material en mi macuto, si iba llamando la atención con aquellas ropas de rico y seguro que no me iban a preguntar primero si lo que en él llevaba era de valor o no. Primero me arrebatarían algo que jamás regalaría ni derrocharía, mi vida, y luego se darían cuenta que han matado a un inservible ser humano sin nada de valor en su haber. Me decidí por el camino de la izquierda, pues parecía más ancho y no me daba la mala sensación que me daba el otro, pues parecía que el camino de la derecha daba a parar a un inmenso bosque de árboles gigantes. Se veía a lo lejos. Por ello y no por otra razón así tomé mi decisión. Caminé sin descanso hasta que la luna por fin ganó la batalla y el sol se rindió a sus pies, apagándose tras aquellas montañas del horizonte.

Yo no encontré ningún sitio de cobijo tan bueno como aquella cueva durante días. Me limitaba a apartarme del camino y dormir bajo o entre los setos que crecían a su vera. Comía insectos, pequeños roedores y algún que otro fruto, que para mi eran manjares. Tras cuatro días andando casi sin descanso, di muerte a aquel camino y me introduje en un nuevo pueblo. Sus murallas se divisaban a lo lejos, eran muy altas. Parecían gruesas y macizas. Imposible de atravesar ni con cien mil hombres del mejor de los batallones. Me mantuve expectante a encontrar la entrada, pero parecía que no las había. Tardé dos días en bordearlo todo y no encontré ni una sola entrada. Creo que ni el aire era capaz de atravesar aquellos muros. Cuando terminé al completo mi observación, me dejé caer rendido en el suelo sin saber ante que me enfrentaba. De pronto el suelo tembló y me pareció increíble. Un terremoto pensé, pero era tan extraño, era como si golpearan mi trasero. Mi mirada fija en aquel muro tan alto y rollizo se dirigió a una velocidad de la luz hacia el suelo para ayudar a mi mente asombrada a comprender el por qué de aquellos temblores. Eran más bien como si golpearan mi trasero, como antes decía, y de pronto escuché una voz. Pero, ¿de dónde venía esa voz? Me empecé a poner muy nervioso y me levanté corriendo. Al levantarme, uno de los pequeños tacones que llevaba mi zapato golpeó el suelo y fue cuando sentí un ruido a madera muy extraño. Parecía hueco, así que me aparté y de pronto apareció de debajo de la tierra una puerta de madera que se abría dejándome ver un nuevo mundo. Un señor con una barba casi kilométrica se asomaba con una antorcha y un joven bastante musculazo se encargaba de sostener el increíble portón.

Me quedé completamente perplejo al ver aquello, pues nunca imaginé que la puerta a aquella gran ciudad fortificada estuviese enterrada enfrente de uno de sus muros infranqueables.
–“Bienvenido amigo. Debes de estar hambriento después de dos días merodeando por aquí. Las ratas no son lo mejor que tenemos por estas tierras para comer. ¿Te apetece probar el ciervo y dar un trago a un buen vino?” –
Al decir aquello el anciano de la puerta me pasaron diversas preguntas por mi mente, cada vez más asombrada por el mundo que había a mi alrededor. Pero la primera y más importante era, ¿cómo sabe que llevo dos días por aquí y comiendo ratas? ¿Cómo me han visto si yo a ellos no?
En fin, me limité a entrar, pues aun que tras aquel portón de madera me esperara la muerte más despiadada, mis horas estaban contadas si seguía allí, pues era el único pueblo que había en decenas sino cientos de kilómetros a la redonda. No tenía otra opción, y cuando decidí partir de mi humilde choza, lo hice para vivir aventuras. Me adentré por un pasadizo algo oscuro y húmedo, con cierto olor a incienso y cuyas paredes eran de bloques de piedra, muy similares a los de la muralla. Al final se divisaba una luz muy intensa. ¿Dónde me estarían dirigiendo aquel anciano y su “nieto” sin mediar palabra? ¿Sin preguntarme nada?

FIN DE LA CUARTA PARTE

Autor: Alex Romero

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Las aventuras de Omenophis




Texto Rescatado
Escrito en 2006 y publicado en 2 de Marzo de 2007

Tercera Parte

Al abrir los ojos lo vi todo nublado y muy borroso. Me picaban mucho los ojos. Y al llevarme una de mis manos todavía temblorosas para rascarme, no solo se me aclaró la vista de forma gradual, sino que me vino un olor a perfume muy fuerte. Miré hacia mis pies y fue cuando descubrí que estaba acostado en una cama muy confortable y grande. Además, estaba vestido con un traje de algodón muy cómodo, además de ser bonito. Fui a levantarme pero las piernas me flojeaban. Me pareció estar en un palacio digno de un rey muy rico. El suelo estaba muy frío, era de piedra resbaladiza. Un vaso con agua del tiempo me esperaba en una pequeña mesilla que había al lado de la cama. Di un trago y caminé hasta la ventana. Una enorme cortina aterciopelada cubría la pared delantera, justo enfrente del pié de la cama. Al apartarla descubrí una gran balconada cuyas vistas ofrecían un paisaje precioso. Se intuía un jardín inmenso, lleno de colores, verde, rojo, rosa, azul y por allá más al fondo, colores púrpura y amarillo, verde lima y otros muchos que parecían de otro mundo. Abrí las compuertas y con pié miedoso me dediqué a avanzar a un paso tan lento como mi vista se iba recuperando de los potentes rayos del sol. Me apoyé sobre la barandilla y me incliné para ver en su totalidad, aquel jardín que parecía sacado de las historias que mi padre contaba cuando era niño. Nunca había visto nada igual. Tres personas, muy mal vestidas y con los pelos andrajosos se disponían a podar los setos que daban justo al pié de la inmensa escalera que moría justo bajo el piso en el que me encontraba. Me maravilló el trabajo tan laborioso de aquellos hombres y he de admitirlo, me quede embobado. Al momento noté como una mano se apoyaba sobre mi hombro. Tan lentamente y con un movimiento tan armonioso que casi no percibí al tacto. Dejó caer su liviano peso sobre su cadera, y ésta la apoyó levemente sobre la barandilla del balcón.
“¿Cómo te encuentras? ¿Te sientes mejor? Menudo desmayo amigo mío. Tienes que venir de muy lejos para estar tan cansado y tan débil. Y ala vez has de ser alguien con el cuerpo muy fuerte, pues no pareces enfermo.” – Me dedicó todas estas palabras con su voz dulce y melosa. Y continuó diciéndome. – “Tu ropa está preparada sobre tu cama. Si necesitas ayuda para cambiarte solo has de pedirla. En cuanto termines te estaré esperando fuera para que vengas bajo a comer algo. ¿Tienes hambre?” –

Tan bien me trataba que no sabía donde me encontraba. Tenía tantos interrogantes que me sentía perdido. No sabía que decir así que le dediqué una sonrisa tan pura como mi sensación de bienestar. Se comenzó a alejar de mi lado, apartando su mano de un modo tan sutil como cuando aterrizó, tan leve fue su movimiento que sino es porque la veía no sabía que desprendía su mano de mi hombro. Cuando empecé a despertar del todo, volví dentro y comencé a vestirme. Como buenamente pude me coloqué aquella ropa tan inaccesible para alguien como yo y me dispuse a salir. Nada más abrir la puerta me encontré con ella. Me pidió que la acompañara y así lo hice. Bajamos aquellos escalones tan imponentes hijos de aquella gran escalera cuya barandilla parecía una de las serpientes gigantes con las que alguna vez me las tuve que ver. Una alfombra de color turquesa adornaba los centros y se me permitía pisar sobre ella. Al llegar abajo una enorme entrada toda en mármol nos daba la bienvenida. Una vez bajo, giramos a la derecha, hacia un gran portón de madera y cristal. Digno de mención, pues más que una simple separación entre ambas salas, estaba ante una grandiosa obra de arte. Dos hombres de igual vestir, se apostaban a cada lado, apoyando sus musculosos brazos sobre unas palancas doradas que había a los laterales de aquel magnífico umbral. Tras un saludo en plan reverencia, pusieron todo su empeño en desplazar aquellas palancas que les llegaban hasta la cintura desde el suelo y que nacían de una hendidura en el suelo. Al moverlas, las puertas comenzaron a retirarse hacia el mismo lado en el que debían estar sus bisagras. Se abrieron de para en par y tras otra reverencia, aquella niña y yo entramos en el salón.

Una lámpara enorme en lo alto de aquella mesa de madera que dudaba si pertenecía a un gigante, dominaba las alturas con un brillo celestial Llena de millones de piedrecitas de cristal. Silenciosas en su quietud, pero magníficas en su proyección contra aquellas paredes de un papel pintado tan animoso como el vestido de mi anfitriona. Cientos y cientos de pequeños arco iris nacían de aquella escultura en cuarzo, dibujando su rastro en los muros del habitáculo. Unas sillas de madera cuya talla era media y los dibujos de su respaldo tan trabajosos como bonitos. Ella comenzó a andar hasta un lado de la mesa y yo la seguí estupefacto ante tanta belleza. Nos sentamos, por desgracia, uno enfrente del otro, demasiado lejos y a la vez demasiado cerca, pues hacía ya mucho tiempo que no compartía aquel momento con nadie. Decenas de platos pasaban por mis narices y no dejé de engullir. Tenía tanta hambre como un oso cavernario. Al terminar, ella salió un momento de aquel inmenso comedor y volvió a entrar acompañada de un apuesto joven. Yo me levanté, pues algo sabía de modales, y me lo presentó. Se trataba de su futura pareja. Me quedé helado, perplejo, decidí que aquello era una pesadilla. Pasaron por delante de mí cada segundo que disfruté de aquella compañía, de aquel aroma, y ya en última instancia de aquella maravillosa casa. Me había tirado un día entero durmiendo y cuando despierto y empiezo a disfrutar de aquella situación, todo se desvanece como si se tratara de un truco de magia. No sabía muy bien que sucedía, pero el chico en una de sus fuertes manos llevaba consigo mi mochila. Alargó el brazo y me la entregó. Me pidió que le diera un poquito del perfume que había utilizado para aromatizar el cuero de mi macuto y a cambio me daría lo que el tuviese en su poder a cambio. Era muy común el trueque entre los ciudadanos de aquel mundo tan mal repartido. No sabía que decir, pues me olía a que todo esto era una despedida. La niña me había robado el corazón, a cambió me dio de comer y ropas nuevas. Su chico me devolvía la mochila pero deseaba un poco de aquel perfume y a cambió me daría cualquier cosa que tuviese en su poder. Como sabía que la hora de mi marcha se acercaba y no había tiempo de contemplaciones, le rogué que me dejara besar a aquella ninfa por primera y última vez antes de partir. El negó con la cabeza y me tiró el macuto a la cabeza. Me dijo que como era capaz de pedir semejante cosa, a una dama de tan alto prestigio como aquella que besara a un mendigo como yo. Sin embargo ella no opinaba igual y se abalanzó sobre mí. Sus labios chocaron contra los míos y una pequeña fuerza hacía todo lo imposible por separar mis labios, por abrir mi boca. Me dejé llevar y su lengua penetró con tanta fuerza que casi sentí que me la tragaba. Mi sexo comenzó a eructarse y justo en ese instante, la apreciada niña se separó de mí, dejándome al descubierto. Los pantalones parecían sacos que ocultaban alguna maravilla que, por lo visto, debía permanecer oculta al placer que me podría proporcionar aquella dulzura de mujer. El chico sonrió al verme y tomó de dentro de la mochila el frasco que contenía mi perfume. Se lo metió por completo en un zurrón y me invitó a marchar. Salí por aquella inmensa puerta y ahora me di cuenta que en ella había una inscripción que me era muy familiar. Pero no supe estar a la altura de aquel acertijo a tiempo y no recordé donde lo había visto antes. La niña vino corriendo a la puerta principal, cuando yo ya estaba en el último escalón, dispuesto a marchar. Al girarme, pues escuché como el caer de una pluma a mis espaldas e imaginé que eran los pies de aquella niña acercándose a la puerta; me di cuenta que de sus magníficos ojos caía un pequeño río de lágrimas al verme por última vez. No comprendía porqué, pues solo nos conocíamos de un día, y casi ni eso. Pero en fin, me limité a seguir con mi camino. Entonces, me di media vuelta, me coloqué el macuto en mi hombro y hacia delante sin miedo incliné mi cuerpo. El sol en lo más alto me abrigaba con su manto cálido y me invitaba a caminar por muchas horas hasta que la luna le diese muerte. Entonces tendría que volver a buscarme un cobijo donde dormir.

Pero, ¿dónde había visto antes aquella inscripción? ¿Por qué aquella niña lloró tanto al verme marchar? De vuelta a ningún lugar y sin destino definido volví a pasar por la plaza donde todo empezó. La gente aglutinada en los comercios no se giró para mirarme en absoluto. Me sentía como uno más, o no, incluso como un ente fantasmal, translúcido al que nadie podía sentir ni ver. Aquello era mucho más que molesto, era escalofriante. No entendía nada, pero decidí salir de aquel pueblo lo antes posible. Había algo que no era normal y eso me inquietaba. Por lo que seguí el dictado de mi corazón y me lancé de nuevo a la aventura por aquel sendero que me llevaba lejos de aquel poblado, aparentemente lleno de enfermos de mente.

FIN DE LA TERCERA PARTE

Autor: Alex Romero

martes, 16 de noviembre de 2010

Las aventuras de Omenophis




Texto Rescatado
Escrito en 2006 y publicado en 1 de Marzo de 2007

Segunda Parte

Apoyado sobre uno de los bordes de la fuente de la vida con una mano, llevé hacia mi hombro afortunado en el que reposaba el alma de aquella diosa la que me sobraba y la que tenía más seca después de mis dos intentos de beber algún sorbo de agua. Al tocar aquella piel me quedé paralizado. Era tan suave, tan frágil y tan fina. Con el movimiento que hice en dirección a aquella maravilla de la naturaleza me regalé un soplo de aire empapado con su aroma. Dulce y cálido, como la mano que ahora descansaba sobre mí. Con un movimiento muy pausado y con la cabeza mirando hacia el suelo, me atreví a girarme poco a poco, a modo de reverencia. Ya se intuía un cuerpo perfecto con la sombra que bañaba el suelo con una silueta perfecta, digna de un ser supra natural venido de otro mundo, quizás del de la perfección, de aquel en el que todo ser halla su felicidad con simplemente aspirar el aire que en él habita. El suelo era digno de ser besado solo por ser el tapiz que diera soporte a aquella proyección tan bella, tan divina.

El murmullo de la gente se acrecentó en aquel instante. Yo con casi todo el cuerpo girado y con miedo a seguirlo con mi cabeza, fui muy lentamente dirigiendo mi vista a sus pies. Deleitándome con aquella sombra, con aquel aroma. Al chocar mi vista con sus pies creí sentir un leve mareo. Eran unos pies precioso, engalanados con anillos, pulseras en los tobillos y unas sandalias dignas de la hija de un ser superior. Seguí subiendo, pues aun a pesar del respeto que en un inicio decidí ofrecer, sentía cada vez más curiosidad. Sabía que corría el riesgo de quedar petrificado, quizás de perecer en el intento de encontrarme con sus ojos, o incluso antes, al llegar a la altura de su pecho, pues de su cuello podría pender un colgante mágico y atraparme para siempre en su gema. Aun siendo conocedor de tales peligros, seguí subiendo por aquellas piernas tan largas y tan rectas, con su contorno bien definido. Un fino tejido, casi transparente me dejó con las ganas de deleitarme con sus rodillas. Era el inicio de un bello vestido de alto linaje. Parecía seda de alta calidad, las usadas por las princesas. De un color turquesa, muy llamativo por otra parte y con ribetes dorados, rojos y azul oscuro que adornaban los extremos. Un bordado en colores más tenues decoraban la parte superior de aquella falda, tan corta para la gente de aquel pueblo, pero tan larga para mi joven mente que ardía en deseo de despojarla de aquel maravilloso velo, pues tanta perfección guardaba su perfil que no quería morir sin ver la verdadera estructura culpable de tan perfectas curvaturas en la tela. Llegando al vientre, que vientre. Unas caderas bien detalladas en contraste con su fina cintura y haciendo gala de una barriguita tan apetecible como el agua por el que antes luchaba por llevarme a los labios. Ya a la altura del pecho, pero sin olvidar que de reojo vi la mano que tenía libre, una mano perfecta, pequeña y engalanada con anillos y pulseras plateadas. De uñas pintadas y bien cuidadas, dignas de una mujer que jamás había trabajado. Dueña de unos dedos finos y rectos, carnosos y tiernos, largos y ardientes. ... Podría seguir así durante horas, pero volvamos a la altura de su pecho, pues fue cuando me tranquilicé. No pendía ningún colgante en el que quedar atrapado por la eternidad, ni mucho menos. Sino que me encontré con un escote que lucía tímido dos pechos redondos y con los que cualquier mujer de aquel pueblo deseaba. Bueno, y cualquier hombre, pero con otros propósitos que no merece la pena mencionar. Hasta yo los deseaba, pero no por lo que pensáis. Hubiese sido feliz con poder verlos al natural aun que solo hubiese sido por unos instantes en toda mi vida, pues estaban hechos con tanto cariño que el dios creador, fuere quien fuera debió utilizar diversas herramientas, como un compás para conseguir aquella redondez sin sostén, un peso para equilibrar ambos pechos, una pizca de dulzura para embrujarlos, picardía para tintarlos de aquel tono rosáceo y un poco de malicia para obligarla a ir vestida.

Tras aquellos segundos observando la perfección en sus curvas, continué con mi viaje por aquel cuerpo perfecto siendo mi carruaje mis ojos de niño perdido en un mundo tan inmenso en el que andaba hundido por completo en interrogantes. Su cuello tan terso y recubierto con aquella piel tan fina me recordó al movimiento de las nubes en el cielo. Tan esponjosas y tan livianas, tan suaves y tan bonitas, que invitan a soñar y crean impotencia por no poder subir allá tan alto y tocarlas con las manos. Me recordaba al tacto del terciopelo que solo en una ocasión pude tocar y del que me enamoré de inmediato. Pues mi padre era vendedor ambulante, un simple viajante que andaba siempre de puerto en puerto. Padre al que no conocí, pero del que aprendí tantas cosas como pude mientras lo tuve. Toda su piel me recordaba a cosas maravillosas, su cuello se me hacía irresistible. Pero continué subiendo. Me encontré con su barbilla. Con sus labios. Oh, dioses, que labios habéis esculpido en este rostro del que estoy tan maravillado. Carnosos y apetecibles. Dejaban un ligero agujerito en su centro. Un tentador pecado, de un color rosado, más bien carmesí, dignos de un ángel recién llegado del cielo más lejano. Unas mejillas en sonrojadas, de un color vivo y tan bien enmarcadas por aquellos hoyuelos. Una nariz pequeña, similar al cristal por su apariencia frágil, que invitaban a seguir subiendo y haciendo sombra al cabello tan largo que ya se intuía desde la altura del cuello.

Por fin alcancé sus ojos. Cuando ambas miradas chocaron, parecía una lucha de titanes, millones de partículas explotaban al chocar con el haz creado entre ambos mientras contemplábamos a qué personaje tenía delante en su caso, y yo quedaba maravillado por aquella magia que muy de vez en cuando sus párpados ocultaban. Unos ojos claros que eran fiel reflejo del mar del que venía. Cristalinos humedecidos y brillantes. De un color tan impactante que no sabía que existiera en la naturaleza, digno solo de los sueños que me regalaban los dioses por la noche al caer rendido en mi catre o últimamente en cualquier escondrijo a mitad de mi camino. Me quedé petrificado y noté como su mano bajaba de mi hombro por mi brazo hasta alcanzar mi mano. Se abrazaron fundiendo ambas palmas y me condujo hasta un cántaro que parecía soldado al bordillo de la cuenca de la fuente. Entonces sonrió. Yo nervioso como el que más, agarré aquel cántaro lleno de pureza y de vida y lo derramé sobre mi garganta de un modo brusco y llamativo, mojando también los harapos que llevaba por ropa. Fue el único instante que aparté mi vista de aquellos maravillosos espejos, de aquellas perfectas obras de arte que me quemaban tanto al mirar, que hacían que el día fuese noche, pues todo a su alrededor se oscurecía por tanta luz que aportaban, por tanto brillo que me regalaban.

Cuando devolví el cántaro a su dueña, sus labios se abrieron por fin dejando ver unos dientes inmaculados y tan bien colocados que solo obra del gran arquitecto podía ser. Tras sonreír me dedicaron unas palabras.
"¿De dónde sales niño? Debes de venir de un lugar muy lejano, pues tus ropas están empapadas y muy sucias. Tu mirada parece cansada y tú pelo cuanto menos se podría confundir con el de una rata. Sin embargo me gusta el olor que desprendes, pero no concibo como un chico pobre como aparentas ser, utilice perfumes que solo aquellos que se lo pueden permitir emplean para ocultar que no lavan sus cuerpos tanto como los plebeyos."
Pasaron unos segundos, puede que algún minuto, y volvió a intervenir.
"¿Niño? ¿Sabes hablar? Quizás no pueda hablar. -Le dijo a otra niña que había a su lado.- ¿Necesitas comer? Me empieza a preocupar mucho tu estado.
Fue entonces cuando su rostro me empezó a dar vueltas, mi vista comenzó a nublarse y caí en redondo.

Al despertar, recordaba aquel maravilloso encuentro, aquella niña tan bonita y su aroma tan embriagador con el que estoy seguro me drogó. "Quizás fuese una bruja y por eso me desmayé." Pensé en aquel entonces. Pero al incorporarme me di cuenta que no fue ni una bruja la que me hechizó, ni un sueño el que me creó aquella ilusión.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE
Autor: Alex Romero

lunes, 15 de noviembre de 2010

Las aventuras de Omenophis




Texto Rescatado
Escrito en 2006 y publicado en 1 de Marzo de 2007


Primera Parte

Una noche, me embarqué en un viaje misterioso, lleno de increíbles aventuras. El cielo estaba completamente gris y las nubes casi rozaban las cumbres de las montañas. La luz, tenue y el ruido del agua al caer sobre el cañizo me hizo pensar en lo rápido que andaba mi vida. Que tristeza me entró al darme cuenta que todavía me quedaban tantas cosas por hacer, tanto por vivir y yo seguía aquí, encerrado en mi humilde choza cuyo techo de ramas secas se desquebrajaba cada mes y tocaba elaborar uno nuevo. Mi camastro de dura roca y cubierto con hojas aun verdes para que fuese más confortable. Un suelo de tierra húmeda, para que fuese resistente y no se hundiera uno al caminar dentro de la humilde morada. Una mesa colocada justo de bajo de un recoveco en el falso techo, que en los días de sol pleno, se iluminaba como cosa divina. Un tarro hecho con la mitad de un coco y lleno de tinte natural negro, hojas elaboradas artesanalmente para escribir penas como esta. Una vela, muy rupestre y una silla inestable, completaban mi escritorio. Al otro lado del habitáculo, una estantería de madera, y en su única leja, un cofre en el que guardaba mi mayor tesoro. Pero aquel día, al mirar dentro de mi casa me di cuenta que el mundo era mucho mayor, y las aventuras que me esperaban al otro lado del lago en el que un día decidí instalarme, eran infinitas y seguramente me llenarían ese pequeño hueco que ya no llenaba mi pequeño pero gran tesoro.

Una mochila de piel de un animal que comí en una ocasión, bien curtida y bien perfumada, me sirvió de transporte para las pocas cosas que podía llevarme. Un libro, "Recuerdos", una flauta en la que solo sabía entonar una única canción, "Mi amor", y un dibujo, dibujo en el que dibujé con mi propia sangre aquel paraíso que me propuse abandonar. Solo lo llevé conmigo por si en algún instante me apetecía recordar lo que fue mi amor en aquél lugar, viviendo en mi propio Edén. Comencé a caminar y se puso a llover, cada vez más fuerte, y más. Pero, continué. El dolor en mi espalda por el peso me hizo recular en algunos instantes de flaqueza, pero algo en mi interior me empujaba a seguir caminando, quizás la paupérrima luz que emanaba de entre las nubes más claras me guió por aquel camino de piedras, tan escarpado como empinado, tan duro como engalanado con los pinchos más punzantes que la naturaleza podía ofrecer. Aun a pesar de todo seguí caminando, ahora ya sin retroceder. La tormenta parecía calmada, y yo cada vez más convencido de alcanzar la cima de aquella montaña.

Cual fue mi sorpresa al encontrar una cueva, no lo pensé y, me cobijé. Me dispuse a encender una pequeña hoguera con la que calentar mis manos, pues esa fue la excusa que me di, lo que yo necesitaba era devolver el calor a mi alma, devolverle su vida a mi corazón. Pero con calentar mis palmas me conformé. Así que acurrucado al lado de aquella llama y sin dejar de observar los titubeos, volviéndome loco con aquellas formas. Sin quererlo se me nubló la vista y comencé a soñar. Un haz de luz cegador ante mi dio lugar a una gran alucinación. Un papiro entre mis manos que rezaba:
"Las estrellas siguen ocultas porque no estás cerca de aquello que anhelas, de aquello que amas. Dejaste tu paraíso en el que lo tenías todo por embarcarte en una odisea, en una onírica aventura, de la que no sabes si podrás regresar, pues tu camino puede desaparecer y perder la oportunidad de volver. Sé inteligente, plántate ahora que puedes, las llamadas son incesantes pero en breve hallarán su fin. No desaproveches lo que te ofrezco, retroceder en tus pasos, pues amigo mío, sé que en tu interior no deseas hacerlo. No seas tan orgulloso y vuelve a tu cabaña, con tu catre cutre y esa mesa en la que escribir tus ñoñerías. Vuelve para seguir alimentando tu tesoro, no dejes que perezca tan pronto cuando el calor sigue siendo en tu interior tan intenso..."

El papiro se desvaneció y volví en mí de nuevo. Seguía en aquella cueva, ahora era de día, el fuego estaba convertido en brasas, cenizas y un leve atisbo de humo que nacía de algunas de las ramas que aun seguían al rojo. Había dormido tanto que me dolía todo el cuerpo. Salí de aquella cueva apestado por las aterradoras amenazas de hallar en ella la estabilidad que ya tuve y que jamás volveré a encontrar, no al menos tan buena como la ya conocida. De un salto me levanté y me dispuse a continuar mi camino. Con mi mochila al hombro y mis pies preparados salí con ganas de comerme el mundo. A andar se ha dicho. En mis dos primeros días de viaje me encontré con el primer pueblo, la primera civilización que mis ojos veían después de vivir tanto tiempo en un mundo de sueños. En ella habían innumerables joyas, buenos aromas, ... y lo que más me sorprendió, tantos ojos atentos a cada paso que daba que me sentía desnudo, pequeño, como juzgado por un gran Dios, me sentía débil al ser atacado por tantas pupilas a la vez, tantas retinas atentas hasta el punto de poder contar los latidos de mi corazón. A cada paso que daba, un comerciante dejaba lo que estaba haciendo, o se quedaba completamente estático, parecía que el tiempo se detuviera, parecía que el ruido de aquella plaza se hiciera tan grave que en vez de personas parecían gigantes a los que les costara hablar por el peso de sus mandíbulas. El color de aquella plaza, cuya forma redonda invitaba a que cualquiera que allí se encontrara mirará hacia el centro, donde yo, con aquellos pasos de hormiga seguía avanzando para alcanzar la fuente. Sin esquinas y perfilada con tiendas apestadas de gente realizando sus negocios, aquello parecía más bien una pista de circo y yo el payaso al que querían ver fracasar, al que querían ver tropezar con una piedra y caer dentro de la fuente. Dejé de observar a todas aquellas personas ajenas a mí ser y seguí mi rumbo. Llegué hasta la maldita fuente de la que emanaba un agua pura, limpia y refrescante. La necesitaba, después de tanto caminar y de tanto sumarme a las lluvias torrenciales con mis lágrimas. La añoranza que pensé que jamás nacería de mi alma, se manifestaba de todas las maneras posibles. Con una mano en forma de cuenco me llevé el primer trago de agua a los labios, pues estaba tan temblorosa que casi derramé todo lo que me costó recoger. En un segundo intento pude beber y saciar algo mi sed, pero seguía encontrando problemas con aquel arrebato de parkinson que me sobrevino. Pero en aquel mismo instante, lo que más necesitaba sucedió. Una mano cálida en mi hombro me invitaba a girarme. Una mano cuyo olor invitaba a cerrar los ojos y a no mirar lo que me pudiese encontrar al terminar de darme la vuelta, pues debiera ser tan maravilloso que mi vista de humilde desterrado deterioraría. Mis ojos, y yo estaba convencido de ello, no podían ser dignos de encontrarse con el halo que los suyos dibujasen, pues nunca se le puede mirar de frente a una diosa, a la portadora de aquellas manos de ángel.

FIN DE LA PRIMERA PARTE
Autor: Alex Romero
Año 2006